Según ella (la señora Valvanera), fue una preciosa historia de amor que cambiaría su destino. Él tenía veintiséis, ella veinte más.  Él era un niño estudiante que no tenía más problemas que los derivados de su preparación intelectual. Ella se lo sabía casi todo, pero se enamoró del joven con la candidez de una adolescente. Por aquel entonces Valvanera trabajaba en el Departamento de Medicina Forense de la Universidad de Logroño, en contacto permanente con la Policía Nacional y la Guardia Civil. Valvanera era riojana y era médico. Felices también era riojano, de Haro, y estudiaba para hacerse detective privado. Se conocieron en una clase de antropometría que ella daba en unos cursos de Criminología que impartía la Universidad.

Felices era uno de los alumnos que, perdido entre las múltiples mediciones que se le podían efectuar a un cráneo, se encontraba a sí mismo medio hipnotizado mirando a aquella mujer que no paraba de hablar mientras aplicaba escalímetros, cintas métricas y otros aparatejos sobre todo tipo de huesos humanos. Así se conocieron, y lo que Valvanera pensaba que sólo era admiración de alumno terminó siendo una dulce historia de amor y respeto, que primero los convirtió en esposos y después en padres.

En cuanto terminó sus estudios, el padre de Felices, un rico bodeguero, montó a su hijo un despacho de detective. Así que entre el matrimonio había muchas tardes de “Cómo va la investigación” y muchas noches de “Qué dice la autopsia”. Felices contaba a su compañera todos los casos que llevaba, que desde el principio no fueron pocos, porque estimaba la opinión de su amada como científica. La mayoría de los casos eran de índole sexual. Cuernos. Y tuvo como cliente, en una ocasión, a la familia de un empresario desaparecido del que no había noticia alguna. Una parte de las autoridades apuntaban a la actuación de un supuesto comando de ETA posiblemente ubicado en el entorno de la Rioja Alta y Miranda de Ebro. Pero la familia del desaparecido insistía en que si era un secuestro, éste no se justificaba con motivos políticos sino con simples motivos económicos. Es más, apuntaba a la propia familia. Felices esclareció la situación gracias a un líquido que Valvi sacó del laboratorio y que hace visibles las manchas de cocaína. El empresario resultó ser un pequeño traficante, y su desaparición una huída de posibles jueces al margen de la ley.

A Felices no le faltaban los casos, ni el dinero porque el padre costeaba los gastos del negocio más la nómina de la abogada ayudante que le puso en el despacho. Ésta era una joven, regordeta y graciosa, con la carrera recién terminada y dispuesta a trabajar intensamente por muy poco. Quería especializarse en Derecho Penal y consideraba que aquel empleo era una forma muy adecuada de conocer el mundo del crimen desde una perspectiva más real que la de las leyes. Valvanera escuchaba a Felices contar sus casos, se reía de situaciones anecdóticas que les sucedían a él y a su ayudante, y alababa la predisposición y la paciencia de la joven abogada.

La señora Valvanera le contó a la Juani que ella sabía que su niño grande, que jugaba a polis y a ladrones, la quería y la admiraba. Y le dijo que nunca sintió celos cuando su amado y la ayudante montaban guardia en un coche a la espera de conseguir unas fotografías reveladoras, ni en las ocasiones que tenían que viajar y pasar alguna noche fuera del hogar…

Quien sí sintió el mordisco de los celos fue el novio de la abogada, un joven guardia jurado, chuleta y maleducado, que le montaba escándalos a la chica en cualquier lugar público sin sentir el más mínimo apuro.

Una tarde, estando Valvanera y el padre de su hijo en el despacho, contentos porque era viernes y habían quedado con la cuadrilla de amigos para tomar unos vinos antes de cenar, llamaron a la puerta. Felices la abrió, y sin casi darle tiempo a ver al que se suponía era un cliente apurado por cualquier cuita, recibió en la cara tres balazos que le destrozaron totalmente la cabeza. La señora Valvanera, que saltó más rápido que el gatillo al oír el primer disparo, vio la escena y sintió, con un desgarro del alma, como le saltaban al cuerpo trocitos de carne y pelo de su queridísimo Felices. Una esquirla de cráneo se le clavó en la mejilla. Una estaca de dolor se le hincó en el corazón.

La señora Valvanera tenía una cicatriz junto a la comisura izquierda de su boca, que era la señal de aquel proyectil óseo que marcó su cara con un beso. Ella le contó a la Juani que solicitó estar presente en la autopsia de Felices porque no quería dejarle sólo en esa profanación de su cuerpo, y que saltándose el protocolo que no permite a un familiar diseccionar el cadáver de un allegado, sus compañeros, tanto los médicos como las fuerzas del orden, la dejaron asistir a tan meticuloso despiece. Cuando llegó la hora de analizar el corazón, Valvanera lo extrajo del tórax con sus propias manos y lo besó dulcemente antes de filetearlo. Lo mismo hizo con lo que quedaba de cerebro, y a esos trozos les dijo muy bajito que él era el amor de su vida, y le dijo adiós. No podía besarle en la boca. El rostro era un amasijo de carne y huesos rotos en mil pedazos…