La Rita no fue al dentista nunca. Cuando alguna pieza se hacía notar, se la quitaba con carburo. Se ponía el carburo en la muela que le molestaba y cerraba la boca con fuerza para que la muela contraria  hiciera de pistón sobre la picada. El carburo explotaba en la boca y hacía trizas la pieza. Fin del problema. La señora Rita no iba al médico nunca. Todos sus hijos nacieron en la casa ayudada en los partos por algunas vecinas, de mucha confianza porque no se puede dejar asistir a un alumbramiento a cualquiera… De la placenta siempre se hacía cargo el Blas. En cuanto su mujer la expulsaba él la recogía y se la llevaba lejos, donde nadie pudiera maldecir a su recién nacido. Decían que si algún malaje echaba unas monedas sobre la placenta, el niño de mayor sería ladrón, y si se le daba un corte a esa masa gelatinosa, el niño se convertiría en un asesino. El Blas se las llevaba y solía enterrarlas bajo los pinos, lejos de la vista de cualquier malintencionado curioso.

La Rita nunca necesitó de médicos. Los hijos parecía que se le caían cuando iba a dar a luz. Nacían solos. Luego ella, tras el alumbramiento, cumplía a rajatabla la cuarentena, cuarenta días encamada, y después el cominito, otros siete días más. Cuando se levantaba de la cama estaba totalmente recuperada. Y su bebé de cuarenta y siete días hecho un toro de fuerte gracias a los caldos de cachorro de perro que, de vez en cuando, se tomaba la madre para dar buena leche.

Cuando se le retiró el periodo a la señora Rita percibió que uno de sus pechos alojaba un bulto. Cogió la Enciclopedia de la Medicina que tenía en una estantería del salón de su casa, y se quedó con el tomo en el que se ilustraba claramente cómo es un seno por dentro y que explicaba cómo funciona, qué patologías suele tener… Lo leyó, lo memorizó como si tuviera que presentarse a una oposición, y preparó los avíos que necesitaba para la intervención: un cuchillo corto de mucho filo, una cucharita de las de café, unas pinzas de depilar, aguja, hilo de pesca del más fino, algodón, vendas y agua hirviendo. Esterilizó las herramientas que suponía iba a utilizar; se colocó delante del espejo del baño; estiró su brazo izquierdo y se agarró la nuca con la mano de tal forma que el pecho a operar quedaba extendido. Hincó el cuchillo por debajo del pezón y cortó la carne hacia abajo, y tras manipular en el interior del seno extrajo el pequeño bulto, no mayor de un garbanzo seco, rápidamente. La señora Rita se cosió el pecho burdamente (coser carne no es como coser tela), se aseó inmediatamente pues estaba empapada de sangre y lavó la herida, aún palpitante, con jabón Lagarto. Se vendó el tórax y se puso una bata amplia para que no hubiera demasiado roce. Limpió el cuarto de baño, antes de que llegaran las hijas o alguna vecina, pues parecía que se había matado en él a toda una piara de cerdos. Limpió los sanitarios, los baldosines y el suelo. Más de quince cubos de agua se tragó la limpieza porque le resultaba dificilísimo quitar la sangre ¡Qué escandalosa! ¡Si parece que crece como el aceite! Después se acostó. Le había dado como un mareo.

La señora Rita era muy andaluza, muy de raza, muy de baile y de fandangos de Río Tinto, de choco con habas, de pintar el piso todos los años a ser posible, de puerta de la casa abierta durante el día, y silla y abanico, en esa misma puerta, al caer la tarde. Era una mujer muy vital y alegre que amaba la vida. Amaba su vida. Las últimas horas, previas a la definitiva despedida, las pasó tumbada en su cama con la Juana, la Basilisa y la Cinta en torno a ella dando palmas, e intentando tragarse las lágrimas para poder cantar sevillanas, como les pedía su madre que hicieran. La casa estaba llena de vecinos. También estuvieron los maridos de sus hijas y su nieto José Antonio, que no tenía edad para entender qué era aquella reunión en la que se cantaba y se lloraba a la vez. También había dos perros callejeros que el vecindario alimentaba, que pululaban entre las piernas de los asistentes al pre-sepelio para intentar coger alguna chacina de las que se habían puesto en el salón para el evento. La señora Rita no quería que su final fuera triste, y no lo deseaba por su familia, pero sobre todo por ella misma. Así que agonizó al ritmo de sevillanas, y expiró mientras su comadre, la Nines, se arrancaba por un cante de Alosno.