Jacinto era un hombre alegre y profundo, contenido en los vicios humanos y muy seguidor de San Francisco de Asís, devoción adquirida a través de un  sacerdote preso en el campo de concentración de Miranda por sus devaneos comunistas.

Jacinto, a lo largo de su vida, tuvo varios accesos de amor a la obra del Creador. La primera señal espiritual que sufrió coincidió con el día de pedida de su novia. El joven llevaba quinientas pesetas en el bolsillo, que no era poco, para comprar un anillo de compromiso a Isabel. Pero yendo por la calle Valverde se encontró con una pobre mujer, semihuérfana de las guerras carlistas, que arrastraba por la acera un carrito bajo de madera con cuatro ruedas, y un hombre encima con las piernas cortadas como si fuera un mojón de carretera, un cipo, un dios Best amputado por las ingles. Aquella escena de esa mujer madura y cansada arrastrando con una cuerda la plataforma de madera, mientras soportaba el mal humor de su padre que la regañaba continuamente por no llevar, según el tullido, el transporte adecuadamente, le dejó con el alma encogida. Cuando la pareja llegó a la esquina de los almacenes Sepu el anciano empezó a vocear con voz aguardientosa – ¡En la flor de la vida y sin poderlo ganar! ¡En la flor de la vida y sin poderlo ganar! – mientras su hija avanzaba un canastillo de mimbre a todo el que pasaba por su lado. Jacinto, viendo la escena, se sintió culpable por llevar en el bolsillo una cantidad de dinero con la que aquel hombre, que llevaba en los nudillos de sus manos unas tiras de caucho para empujar la plataforma sin lastimarse demasiado, podría subir de altura y ganar dignidad. El contable no sabía cuánto costaba una silla de ruedas, pero estaba seguro que con esas quinientas pesetas podría mejorar la vida de aquel despojo… Y se acercó a la pobre mujer que ejercía de mula de tiro, y le propuso aplicar el dinero que preveía que le iba a costar el anillo de pedida de Isabel en adquirir una silla de minusválido. La señora creyó, al principio, que aquella muestra de generosidad inesperada se debía a una broma de mal gusto, y más teniendo en cuenta el estado del sempiterno viejo que así llevaba hacía más de sesenta años y ¡Qué no se muere, oiga! ¡Cómo un roble, mi padre! Yo aquí, donde usted me ve, ya tengo sesenta y tres años… ¡Y me duele todo el cuerpo! ¿Sabe usted lo que pesa este hombre…? ¿El trabajo que cuesta…? Y antes se movía más sólo, era más independiente… ¡Tiene unos brazos que parecen mazas!... pero ahora ¡Qué ya no le apetece subir cuestas! ¡Con lo que pesa! Y yo, francamente, cada vez estoy peor de la espalda… y ¡más harta! ¡Y mírele, cada día más sano y más perro! Si él quiere, corre como una liebre… y empujándose sólo con las manos… Esos trozos de caucho que lleva en los nudillos son para eso…para no desollárselas con el asfalto…

- ¡Tenía que verme haciendo el pino! ¿Eh, hija?- intervino el anciano fortachón.

- ¡Si ha salido en más de una película! Es actor… Si hay alguna escena de hospital ¡Ahí está mi padre! Le suelen vendar la cara para que no se note que es el mismo, y para disimular la edad. La última en la que ha trabajado era de terror.

- Sí. En esa hice de cadáver parlante – aclaró entre carcajadas el amputado. Su boca era una enorme caverna atravesada por dos estalactitas óseas y negruzcas que un día debieron de ser dientes – Cuando los protagonistas abrían el sepulcro yo decía “Ayúdame a encontrar mis piernas”… Ja,ja,ja…

Jacinto invitó a tomar café a padre e hija en una terraza de la avenida de José Antonio muy interesado en saber algo más de la vida de esa pareja tan peculiar. Ellos, que no volvieron a nombrar el tema de la silla pensando que era una tontería que se le había ocurrido al chaval, aceptaron gustosos.  La cafetería en la que iban a sentarse pertenecía a un pequeño hotel que estaba frente al enorme bloque de la Compañía Telefónica Nacional de España, admiración arquitectónica y edificio más alto de la ciudad. La  cuadrangular torre del rascacielos tenía un reloj luminoso en cada una de sus caras que marcaba las horas de muchos madrileños.

- ¡En el año 36 más de ciento veinte bombas cayeron en esa mole! – comentó el minusválido con orgullo- Yo pedía en su puerta y lo puedo certificar ¡Y ahí sigue!...

- Cómo usted, padre.

- Eso sí, según derribaban volvían a reconstruir… En la torre estaba instalado el centro de comunicaciones del ejército, y arriba del todo había un puesto de observación antiaéreo… por eso le atizaban siempre. ¡Y oiga,  yo he visto como disparaban desde los balcones de este mismo hotel a los trabajadores que estaban dentro… Mucho valor tuvieron los telefónicos…

Cuando llegaron al café el anciano se bajó de la plataforma al suelo ayudado por sus manos. Jacinto estaba un poco violento porque no sabía si ofrecerse a cogerle en brazos para sentarle, aunque se veía al viejo bastante recio, o dejarle tomar su consumición en el suelo con toda la naturalidad. El tullido se puso de espaldas a la silla que había escogido como pedestal, dobló sus codos, y pegó un prodigioso salto al asiento impulsado por la fuerza de sus brazos. Jacinto consideró aquello digno de admiración…

- ¿Qué? Se ha quedado sorprendido ¿eh? – preguntó el tullido al joven – También he trabajado en el circo…

- ¡Es un artista! – comentó, orgullosa, la hija.

Tras pedir al camarero un agua de cebada  y dos cafés, que no eran más que una infusión de malta,  la mujer contó a Jacinto que en la misma batalla en la que su padre perdió las piernas, su madre, una jovencita de Estella, se perdió de sus vidas escondida en el petate de un soldado italiano que participaba en la guerra por ideales románticos, y que nunca más supieron de ella. La pobre narradora, bastante maltratada por el tiempo, contó a Jacinto que cuidando de su padre toda su vida, nunca había podido sacar más dinero que el conseguido a través de la pequeña pensión que cobraba el tronco humano, de sus incursiones en el mundo del espectáculo, y de las horas que ella echaba limpiando los retretes públicos de la plaza de Barceló.

- ¿Y nunca se ha podido comprar una silla…?

- No, señor. Eso es de marqueses, por lo menos.

[continúa...]