El dueño de Limpiezas Padilla, una tienda-almacén-oficina, vendía limpieza y desinfección a empresas y grandes espacios. Los empleados, se les veía entrar y salir de vez en cuando del local, vestían monos amarillos con gorra de visera a juego. Los cubos y la furgoneta en la que se movían los trabajadores también era amarilla.

El dueño del negocio veía la calle desde el mostrador… ¡Míralos! Si es que están ahí con toda la jeró… Que si yo fuera la policía me liaba con los moros… qué si me liaba… ¡Y yo que doy hostias como panes!... Igualito que con Franco… de qué iban a estar esos ahí vendiendo droga a la chavalería…. Pues mira éste que pasa, más feo que un tiro mierda, el hijo puta ¡Qué melenas…! Ande irá la juventud así? ¿De dónde habrán salido tantos feos? Si en mi época nos hubiésemos dejado el pelo como una mujer…je,je,je…¡Más maricón que un palomo cojo! ¡Por lo menos!... ¡Qué pintas!...No me extraña que el vecindario esté harto  ¡Y yo, hasta los cojones! Rara es la mañana que no me encuentro el cierre meado… o la basura rota y esparcida en la entrada, y cascos de botellas rotos… ¡Este barrio se está poniendo asqueroso!

El dueño de la empresa se metió un palillo de dientes en la boca y se lo colocó a un lado. Cerró el Interviú, aburrido de mirar a la misma mujer, y se asomó a la puerta. La estrecha calle estaba bastante transitada de gente que debía apartarse continuamente de la vía para dejar pasar a los vehículos ¡Míralas! ¡Qué pintas! Van todas igual ¡Cómo guarras!

Las chicas progres solían llevar el pelo rizado, largo y suelto. Camisas amplias, en muchos casos heredadas del padre, jerseys grandes de lana gruesa tricotados a mano por algún pariente, y pantalones descoloridos y muy usados, o faldas largas de estilo “jiposo”. Llevaban a un hombro un enorme capacho de mimbre, una bolsa marroquí de piel o, aprovechando la parte superior de un pantalón vaquero desde la cintura hasta la zona de las ingles, una bolsa vaquera.

Ellos también llevaban todo grande. Las mangas del jersey les tapaba los nudillos, llevaban vaqueros raídos y zapatillas de deporte, especialmente del tipo botita de baloncesto. Los cabellos de los chicos también eran generalmente largos, con una longitud oscilante entre el lóbulo de la oreja y los hombros. Las barbas y los bigotes abundaban entre los melenudos, aunque las caras poco rasuradas eran lo común.

Un grupo de punkis pasó al lado del dueño de Limpiezas Padilla, y esputó un lapo a los pies del escalón de la entrada a la tienda. El hombre no dijo nada al tipo, pero le hirvió la sangre.  ¡Me cago en lá…! ¡Qué si te cojo a solas te achicharro los huevos! Y el hombre no se movió porque esos tipos daban más miedo que los moros traficantes. Al fin y al cabo los de la droga no se meten con la gente del barrio… pero estos gilipollas… ¡Míralos! ¡Pintados que van! ¡Maricones disfrazados!... Y esos pelos de punta… ¿de qué jodía manera los mantendrán de pie…?

-   ¿Ha visto a los barandas, señora Maruja – preguntó a la antigua portera de la finca del 15, que venía de comprar el pan.

-   No me diga… Me estoy hartando del barrio, y fíjese que yo he nacido aquí. No sé de dónde ha salido esta gente…

-   ¡Y venga a abrir bares! Y que cada día hay más, oiga usted.

-   ¿A dónde vamos a ir a parar…? Si los vecinos no somos así…– reflexionó Maruja.