Estaban en clase de Ciencias Naturales. La profesora, una mujer joven, escuálida, de rodillas huesudas enmarcadas entre unas botas negras de caña alta y una falda de cuadros escoceses, explicaba las amebas y los paramecios. Tenía una voz chillona y el pelo con mechas casi blancas, pero explicaba bien la Biología y sabía captar la atención de las niñas.

La clase era grande, alta y antigua. A media altura recorría sus paredes un entelado de arpillera pintado de marrón oscuro. Del mismo marrón que lucían las vigas de madera del techo que recorrían la estancia de lado a lado. El suelo era de baldosas de cemento coloreado con motivos geométricos. Una de las paredes más largas tenía una enorme cristalera en lo alto; las abatibles ventanas sólo se podían abrir o cerrar con un gancho encajado en el extremo de un largo palo. La cristalera daba a la calle Valverde lo que convertía el aula en un poco ruidosa… Sobre el encerado había un crucifijo. En la mesa de la profesora una Virgen de la Merced, y tras la silla de la docente, en la pared, la foto de Francisco Franco Bahamonde. Las aulas del colegio de las Mercedarias estaban bien protegidas y bien vigiladas…

Cuando la profesora de ciencias naturales había llegado al punto de la reproducción de los seres unicelulares, se oyeron voces en la escalera a pesar de separarles de ella una puerta maciza de madera y unos gruesos, recios y antiguos muros. Las niñas, deseosas de que cualquier disturbio paralizase la clase, se miraron unas a otras con ojos interrogantes. La profesora hizo oídos sordos y continuó con su chillona disertación. De pronto se oyeron carreras, una o dos personas bajando muy deprisa las escaleras…y un poco de jaleo de voces. Sin saber cómo, un siseo en la clase…un murmullo casi inaudible corría de mesa en mesa sin nadie saber de dónde provenía – Un hombreUn hombre…-  Unas a otras se miraban divertidas porque parecía que la clase se iba a interrumpir, y porque sabían que lo del sujeto era una broma… La profesora cortó su discurso e intentó afinar su oído. El murmullo que recorría la clase  empezó a subir de tono y de contenido, porque ya decía que el intruso era un violador. ¡Había entrado un violador en el colegio!, y las más tontas se lo creían. Las risas nerviosas, y las pocas ganas de atender a la lección, y las lágrimas de Julia que era de lloro fácil para llamar la atención, pensaban sus compañeras, revolucionaron el aula.

La docente, con un jersey negro de canalé muy pegado a su anoréxico cuerpo decidió abrir la puerta y preguntar, pero antes de que lo hiciera apareció la Madre Inmaculada, una mujer grande, guapa, de ojos verdes y fríos, y de absoluto respeto. La Inmaculada era la directora del centro y profesora de Filosofía en los cursos de las mayores.

- Que las niñas recojan sus cosas, rápido, y llévalas a Cuarto B.

La profesora de Biología entendió, por el tono de la orden y por la cara de la directora, que la situación era seria. Algo pasaba… Por encima del hombro de la monja la profesora veía cómo salían las alumnas de otras clases disciplinadamente, pero nerviosas, en dirección a Cuarto B. Aquello revestía tintes de gravedad…

 Las niñas oyeron las palabras de su directora y empezaron a recoger sus libros y sus útiles de escritura apresuradamente. Las sospechas se habían confirmado, pensaban ellas: Había entrado un violador en las Mercedarias.

Cuando llegaron al aula, que en realidad eran dos porque A y B se separaban únicamente por una puerta doble que abierta, como en esos momentos, las comunicaba, el barullo era total. Trescientas niñas de todas las edades hacinadas en cien metros cuadrados. Trescientas niñas cargadas con sus carteras y con sus abrigos, y con sus verdugos  porque era diciembre y hacía frío, y sin saber qué estaba sucediendo. Por qué las habían apelotonado a todas… Por qué las habían encerrado en las clases que daban al patio… Por qué nadie explicaba nada… ¡¡Por qué estaban diciendo que las  iban a meter en  clausura?? Y entonces unas lloran, como Julia, y otras se divierten porque ese día ya no hay clase; y aquellas, que tienen que hacer de angelitos al día siguiente en la función de navidad, repasan su número; y la de más allá se preocupa por el hermano pequeño que esa misma mañana dejó en el colegio de San Antón; y las del rincón se acuerdan de sus padres; y una niña saca una bola transparente de goma  que bota mucho y la tira contra el techo, y se organiza una pequeña revolución; y madre Angustias coge la guitarra y se sienta sobre un pupitre a cantar “ Qué alegría cuando me dijeron” y las niñas del coro y las alumnas pelotas se unen a la guitarrista que le tiembla la voz y no llega a las altas. Y a esas alturas, para algunas niñas, en el colegio no ha entrado un violador sino varios. Para otras han entrado asesinos o ladrones. Para las empollonas, el colegio está infestado de comunistas, que son lo peor. La madre Esclavitud, enfermera del centro, apareció en la sala con el botiquín. Tuvo que atender de un vahído a la profesora de latín, una solterona de pelo teñido de color azabache, de mirada totalmente estrábica y muy mal genio. Las niñas la apodaban la vizcondesa  por su desviada manera de mirar.  También madre Esclavitud tuvo que atender a algunas alumnas; a unas por cuestiones menstruales, y a otras por ataques de nervios. En esas ocasiones aplicaba un violento zarandeo y en algún caso difícil, un sonoro bofetón.

La madre Angustias seguía cantando, cada vez peor, y tocando la guitarra. Las pocas alumnas que la acompañaban entonaban una ramplona canción que decía “Si el hijo de la Iglesia, nacido para amar…” y cuando ese largo recreo superaba la hora de encierro y de risas, y de histerismo colectivo, nuevamente un murmullo de desconocida procedencia habló en los corrillos “Han matado a Carrero Blanco” - ¡Qué?- “Han matado a Carrero Blanco”

La inmensa mayoría de las niñas se miraban entre aterradas e interrogantes ¡¡Lo han matado!! ¡¡Lo han matado!! El profesorado al completo, que también se hallaba confinado en las mismas aulas, estaba alarmadísimo, y aunque claramente se contenía de hacer aspavientos o elevaciones de voz ante las alumnas, las caras crispadas de las profesoras y del Padre Rosendo y el Padre Juan, y su actitud, no transmitían precisamente tranquilidad. Las trescientas niñas se revolucionaron aún más ¡¡Un asesinato!! ¡Lo han matado! Y aunque ninguna sabía quién era ese señor, ni por qué era tan grave esa muerte, ni qué suponía aquello, el histerismo se multiplicó en la sala y todo fue un griterío. Ya botaban varias pelotas, y dos niñas de 5º se pegaban, y otra chica había sacado una goma elástica y algunas compañeras jugaban a saltarla en un espacio sumamente reducido, y las mayores de COU, que ya podían llevar tacón de 3 centímetros y depilarse las cejas, hablaban en corrillo de sus novios y de sus desencantos amorosos, y la más guapa de ellas lloraba sobre el hombro de una compañera. Alguna alumna había oído el comentario de la muerte del político en boca de los mayores, y éste se propagó entre las niñas como el aceite cuando se derrama. Todas pringadas.

De repente, en pleno paroxismo escolar,  comenzaron a llegar las madres y las abuelas a buscar a sus pequeñas, porque sor Jacobela, la portera del colegio, empezó a nombrar niñas según la aparición de sus familiares en el centro. La recepción, una bellísima estancia con las paredes cubiertas de cerámica andaluza y el suelo embaldosado en puro estilo castellano, estaba aún más atestada de personas que las aulas en donde estaban las niñas confinadas.. Las alumnas, cuando eran nombradas, salían corriendo escaleras abajo en busca de sus alterados familiares, sin saber por qué corrían. Las jóvenes madres y las abuelas recogían rápidamente a sus cachorros, y se iban apresuradamente sin saber muy bien, tampoco, por qué debían refugiarse en sus casas cuanto antes.

Los padres permanecían en sus puestos de trabajo, celebrando el atentado unos, agobiándose por el futuro la mayoría.